Biadós - Estós - Orús
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TRES REFUGIOS
La gente dice que la vida es dura; la gente también dice que la vida en la montaña es muy dura.
Vayamos al valle de Gistaín, donde no quieren vivir las mujeres y los hombres se quedan solos.
Filmín, Miguel, Antonio, Fernando y Alder (acompañados de Jaegger) toman un tonificante caldo de cordero en el pueblecito de San Juan de Plan y se adentran en el valle, dirección a las granjas de Biadós, donde piensan pasar la noche (1.745 mts.)
En el comedor del refugio, con calefacción, la temperatura es de 10 grados; en el dormitorio, sin calefacción, ronda la temperatura ideal de 0 grados centígrados. Los protagonistas de esta historia prefieren un refugio exento, “el libre”, donde está helando las 24 horas del día, pero se puede cocinar y fumar sin molestar a nadie.
7 de diciembre.- Demasiado confiados en sus fuerzas y en la suavidad del recorrido, empiezan a caminar, a las 10 de la mañana, hacia el collado de Chistau (2.625 mts.). Este día Antonio cumple 52 años.
A la media hora tienen el primer percance: Filmín y Fernando llevan los esquís en la mochila, porque no hay suficiente nieve; además se encuentran flojos por un amago de gripe. Deciden regresar para dejar los esquís y dar la vuelta a la montaña con uno de los dos coches que han dejado en el valle.
- Filmín.- Tío, yo no aguanto más.
- Fernando.- Yo estoy muy débil, no creo que pueda subir el collado con los esquís.
- Filmín.- Volvemos a la furgo, dejamos los esquís y llevamos un coche hasta el valle de Estós, pasando por la carretera de L’Ainsa a Campo.
Miguel, Antonio y Alder continúan adentrándose en el valle por la ladera de la montaña, hay poca nieve y la marcha es agradable, las nubes tapan el sol, pero se mantienen sobre los 3.000 metros.
- Alder.- Antoñito, coño, me alegro de que hayas venido!
- Antonio.- Yo también me alegro muchísimo.
Miguel abre la marcha, siguiendo las huellas de tres valencianos que han salido una hora antes y su rastro resulta un alivio en las laderas sur de los barrancos donde la nieve se ha arremolinado y alcanza medio metro de espesor. En la cabaña de Años Cruces todavía no se imaginan lo que les espera y se entretienen un buen rato comiendo frutos secos y haciendo fotos.
Cuando los tres montañeros emprenden la ascensión al collado de Chistau empieza a nevar ligeramente y se cruzan con los valencianos que regresan al refugio de Biadós. Entonces se hace imprescindible calzarse las raquetas, la pendiente aumenta, la visibilidad disminuye, el hambre se nota.
- Alder.- Hay que apretar el paso, chicos, la cosa se pone fea.
Antonio empieza a quedarse atrás, es el más flojo de los tres o el menos entrenado. El termómetro marca por debajo de los cero grados y la humedad y el viento incrementan la sensación de frío. Alder comprende que es necesario hacer una parada y empieza a engañar a sus compañeros con metas móviles, hasta que encuentra un crestón donde resguardarse; deja allí su mochila y vuelve para cargar la de Antonio.
Ahora ya se impone la realidad: Falta un buen trecho para coronar el collado y queda toda la bajada; la tormenta puede estallar en cualquier momento y nadie sabe cual será su magnitud; Miguel y Alder son dos montañeros cincuentones, pero capaces de caminar con raquetas a buen ritmo, Antonio empieza a dar muestras de agarrotamiento. Alder decide subir sólo hasta el collado y volver para aligerarle a Antonio de su mochila, pero eso apenas les hace ganar un par de minutos. Cuando se encuentran los tres y se hacen la foto de rigor con los dos valles de fondo son las cinco de la tarde.
- Alder.- Nos queda una hora escasa de luz, tenemos que bajar de aquí a toda hostia, porque, además, se nos puede caer encima el cielo en cualquier momento. Bajemos por la directísima.
Pero Antonio se queda atrás, no avanza. Mira el precipicio y sus piernas titubean, las raquetas entrechocan y resbalan sin control. Entonces empieza a pensar que ya no está tan contento de haberse apuntado a esta excursión. Alder se le acerca para cogerle la mochila por tercera vez y le increpa un poco nervioso.
- Joder, Antoñito, que empieza a oscurecer. Tienes que ir más deprisa. Y estamos de leche que la tormenta se aguanta.
Pero Antonio ya es incapaz de controlar la situación. Se quita las raquetas y entonces se hunde hasta las rodillas. Se las vuelve a poner. Se las vuelve a quitar. La noche extiende su manto por encima de las nubes. Los tres montañeros sacan los frontales cuando todavía no han descendido la primera pala de nieve. Alder empieza a sentir el peso de la responsabilidad. Miguel espera una aventura extrema y la curiosidad por lo desconocido se apodera de todos sus instintos. Antonio está desbordado, se pisa sus propios pies ya sin saber lo que tiene por encima ni por debajo ni por delante. El avance se convierte en una pesadilla a cámara lenta. Se reúnen al final de la primera pendiente. Se conjuran para ir más deprisa. Imposible. Miguel y Alder esperan a Antonio al final de la segunda pala de nieve. Se quitan las raquetas con la esperanza de que Antonio ahora caminará más seguro. Sin nieve pierden las huellas del sendero.
En la terraza del refugio “Estós” (1.895 mts.) esperan Filmín y Fernando. Están preocupados, no saben qué pensar. Son las 8 de la tarde, hace dos horas que ha anochecido, cuando avistan las luces de los frontales.
- Filmín.- Qué os ha pasado? Estábamos a punto de avisar a la Guardia Civil.
- Alder.- Ahora os lo contamos. Dile al Guarda del refugio que ponga una botella de cava en el congelador y no hagáis ningún comentario.
Durante la cena caen dos botellas de vino y se olvidan todas las penas. El refugio no está lleno (unas 60 personas) y el ambiente es agradable, de veterana camaradería.
- Una montañera.- ¿Ya han aparecido vuestros amigos?
- Antonio.- Somos nosotros.
- Una montañera.- Antes he estado hablando con uno que se parece mucho a ti y me ha dicho que estaba preocupado porque no habían llegado tres amigos suyos.
- Alder.- Era mi hermano, has hablado con mi hermano, nosotros somos los que nos habíamos perdido.
8 de diciembre.- A las 6 de la mañana tocan diana. Miguel ha pasado una noche de perros, ha vomitado la cena y tiene diarrea. Los montañeros desayunan cabizbajos, mientras en el exterior cae un agua-nieve que no presagia nada bueno.
- Antonio.- ¿Esperaremos hasta que escampe?
- Alder.- Es inútil, hoy no veremos el sol en todo el día.
Filmín, Miguel, Antonio, Fernando y Alder (acompañados de Jaegger) salen del refugio Estós a las 8 de la mañana, hace media hora que ha amanecido, pero la visibilidad es muy escasa. Llueve insistentemente. Los cinco se enfundan las capelinas (Fernando lleva salvamochilas) y se adentran en el bosque ante las miradas atónitas del resto de montañeros. Poco antes de llegar a la cabaña de Batisielles se cruzan con tres manchegos que salieron hace 26 horas del refugio Ángel Orús, ayer se extraviaron varias veces y llegaron a media noche al cobertizo que hay en el Ibón pequeño de Batisielles, donde se guarecieron y pasaron la noche.
- Montañero manchego 1.- La nieve está muy blanda y nos costó muchísimo llegar al collado de la Pllana.
- Montañero manchego 2.- Luego nos perdimos bajando del collado y se nos hizo de noche.
- Montañera manchega.- Suerte que encontramos la cabaña, porque eran las 11 de la noche y ya estábamos un poco acojonados.
- Alder.- A nosotros nos pasó algo parecido en el collado de Chistau. Suerte. Saludos a los de Estós.
Después de descansar 10 minutos en la cabaña, llegan al Ibón Gran de Batisielles (2.222 mts.) sin problemas.
Allí la lluvia se convierte en nieve y el viento sopla por ráfagas arrojando estrellas de hielo contra todo lo que se mueve y lo que no se mueve. Deciden comer al abrigo del farallón que les llevará hasta los 2.500 mts., pero Filmín y Alder ya saben que no continuarán adelante, han estado observando a Antonio y han comprendido que no se siente seguro sobre la nieve.
Se impone una asamblea.
- Miguel.- Por mí seguimos adelante.
- Fernando.- Esa pared la subimos nosotros en un par de horas.
- Antonio.- Lamento estropearos la excursión, pero yo no puedo subir allá arriba.
- Filmín.- No pasa nada, con este tiempo lo mejor es volver al refugio de Estós, calentarnos y descansar.
Así que vuelven sobre sus pasos:
Filmín, Fernando y Alder se entretienen en el Ibón Grande de Batisielles aprovechando los únicos rayos del sol que vieron en todo el día;
descansan otra vez en la cabaña de Batisielles, ahora más relajados; soportan una nueva andanada de viento helado y granizo y llegan al refugio de Estós a las seis de la tarde, cuando el manto de la noche cubre los picos más altos y los guardas Nando y Daniel se tronchan de la risa al verlos entrar de nuevo, reventados, ateridos y mojados.
Cenan en silencio y soledad (el mal tiempo ha expulsado de la montaña a casi todos los humanos). Esta noche con una botella de tinto tienen bastante y se meten pronto en los sacos de dormir, aunque Filmín visita las letrinas una docena de veces y no pega ojo.
9 de diciembre.-
(mira que chulillo el Jaegger)
Al día siguiente, durante el desayuno y con los primeros rayos del sol que empiezan a iluminar todas las cosas, las decisiones se imponen: alguien tiene que bajar al valle de Estós para recoger el coche de Fernando y se ofrecen voluntarios Antonio (que está harto de nieve), Miguel y Filmín (que están debilitados por la gastroenteritis).
Alder y Fernando prefieren subir al collado de Chistau. Los tres primeros llegan al coche en un par de horas y en poco más de media se presentan en San Juan de Plan, gracias a la nueva carretera que une Campo con L’Ainsa, así que pueden hacer una visita al entrañable restaurante “Ruche”, donde una dulce camarera les sirve el mejor caldo de sus vidas. Los otros dos montañeros disfrutan de un inolvidable paseo por la nieve que encuentran en el mejor de los estados: en ese punto de dureza justo que permite un avance suave y mullido, sin hundir toda la bota y sin ponerse crampones; suben al collado haciendo lo que más les gusta;
disfrutan de un tiempo inmejorable y son las únicas personas que descienden por el valle.
De nuevo en el refugio de Biadós conocen a tres parejas de geólogos, todos vascos y gente de una conversación interesantísima, aunque Fernando hablaba más que los seis juntos. Se fueron al anochecer, porque tenían habitación en l’Ainsa.
Después cenaron, fumaron unos petas en “el libre” y durmieron con una pareja de valencianos. Hay que reseñar que durante la cena había dos grupos en el comedor: por un lado los cinco protagonistas de esta historia más los dos valencianos comiendo lo que ellos mismos cocinaban; por otro lado una pareja de tortolitos domingueros que encargaron la cena a la mujer del guarda. Mientras el guarda servía atentamente a la silenciosa y discreta pareja, los otros siete daban buena cuenta de un Gran Coronas, cosecha del 84, que Juan (el valenciano) había choriceado de la bodega de su padre y las conversaciones subían de tono.
10 de diciembre.- Los valencianos habían subido el coche hasta el refugio y la pista estaba helada, así que bajaron todos juntos rodeando al vehículo para evitar que patinara y puestos a seguir juntos decidieron comer los siete en el restaurante que tiene la camarera más maciza del valle y meterse en la panza el consabido chuletón de buey o el entrecot, según los gustos, para resarcirse de la comida envasada de la montaña. Toda una aventura!
Alder Morhe
Datos interesantes
Ref. de Biadós.- 1.745 mts.
Ref. de Estós.- 1.895 mts.
Ref. de Forcau.- 2.095 mts.
Coll. de Eriste.- 2.890 mts.
Coll. de Chistau.- 2.625 mts.
Coll. de la Pllana.- 2.702 mts.
Pues no pudo ser, se hizo Biadós-Estós-Ibón de la Aigüeta de batisielles, justo debajo del collado de la Piana, el que nos tenía que abrir el paso al refugio Angel Orús, para al dia siguiente subir al collado de Eriste que nos devolvía al Valle de Gistaín.
Pero estuvo bien, claro que sí! sufrimos, celebramos y aprendimos de nosotros mismos. Coge la llave y verás la presentación completa que nos ha preparado Alder a ritmo de Supertramp:
Y aquí hasta donde aguantó la cámara de vídeo, la condensación la acabó bloqueando camino del ibón de Batisielles: