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MONTE PERDIDO, CARA NORTE

Directísima, desde Pineta

 

 

 RELATO DE LA AVENTURA que protagonizaron siete intrépidos alpinistas el último fin de semana de enero del año del Señor de 2003, cuando pretendieron conquistar la cima del Monte Perdido por la vía directísima de su cara norte y dieron con sus huesos molidos en un refugio nevera donde permanecieron un día y dos noches esperando a que amainara el temporal para poder volver a sus casas.

 

 Os lo dedico a vosotros, inolvidables compañeros de excursión, que con vuestro esfuerzo y cualidades colaborasteis al éxito de la expedición. Escuchad ahora este relato de los hechos, por fuerza resumido y por fuerza subjetivo, pero explicado con cariño y con toda mi buena intención.

 

 Pero empezad ya de una vez, oh musas juglares!, a inspirar el canto de estos amigos que caminaron sobre la nieve, ora hundiéndose en ella hasta las nalgas, ora recibiendo su afilada bofetada; que avanzaron durante el día y durante la noche, antes de la salida del sol y después de haberse escondido, ganando espacio a la montaña centímetro a centímetro, con humildad, con esfuerzo, con entrega, con sacrificio, con ilusión y con esperanza.

 

 A la llamada de la aventura acudieron Emilio y su amigo Quique, el de Torredembarra; también los telefónicos Peni y Lolo, con su cuñado Sito, el Bombero; por último Luis y su cuñado Toni. Se dieron cita en Estadilla, el viernes día 24 de enero de 2003, para cenar huevos fritos con jamón. Allí mismo ya demostraron su buen talante y su facilidad para adaptarse a las circunstancias, pues el programa era ir a dormir al refugio de Pineta y acabaron tomando café en el bar del pueblo.

 

 El sábado, antes de la salida del sol, ya se habían levantado, desayunado, recogido la casa, preparado el equipo, recorrido 100 kms. en coche y a las 8 de la mañana atravesaban, esperanzandos, el aparcamiento del Parador Nacional de Pineta, con la mirada puesta en el Mirador Natural que domina todo el valle, desde su atalaya espectacular de 2.500 metros de altura. Abría la marcha, por primera y última vez, el más veterano del grupo, Luis, seguido del más joven, Toni.

- Tío, ésta será una salida especial, ya lo verás.

- Aquest any farem el cim.

 

 Joder con la nieve blanda! Los que tienen raquetas se acordarán de ellas. Pero todos encontraban normal que la nieve estuviera blanda en el valle y en los bosques; todos confiaban encontrar el terreno más cómodo cuando empezaran las palas de nieve normalmente heladas a estas alturas y las canales de inclinación superior a 45º que producen la risa al más pintao.

 

 

 

 Pues no señor! Desde la primera pendiente hasta la última, la nieve recién caída resultó ser una trampa para las fuerzas de los más fuertes y para la resistencia de los más optimistas. A eso hay que añadir que Lolo y Alfonso cargaban con unos armarios que este humilde trobador no había visto desde los años de su juventud. Por estas razones es de justicia reconocer la potencia y la valentía de Emilio, que se ganó el honroso título de “Jefe de la Expedición”, así como la generosidad y la decisión de Quique, Toni y Pedro, que se iban relevando a la cabeza de la marcha para lo que suele decirse “abrir huella” y que ese día consistió en cavar una zanja o trinchera en la nieve por donde avanzaban luego sus compañeros.

 

 Dejad, amigos, que las cuerdas de mi laúd os muestren levemente cómo los esforzados alpinistas empujaban kilos y más kilos de agua cristalizada para abrirse paso hacia una cumbre que cada minuto estaba más lejana. El truco consistía en girarse un poco para utilizar el lateral exterior de las piernas, dejar caer la rodilla para bajar y compactar un palmo de nieve y después  pisar allí con el otro pie. Si atravesar el valle había sido una proeza, en las empinadas pendientes esta técnica resultó agotadora, demoledora, inhumana.

 

 

 Recordarlo siempre! No olvidéis, buena gente que os habéis congregado aquí esta noche, que los héroes de los que os hablo emplearon tres largas e interminables horas en avanzar una distancia de 200 metros! Con todos sus músculos tensionados, sin descansar un solo segundo, sudando por dentro y congelándose por fuera. UN METRO POR MINUTO, AMIGOS!!! UN METRO POR MINUTO, CIUDADANOS!!! Qué los dioses os iluminen para que alcancéis a comprender cómo alguien puede tardar 60 segundos en dar una sola zancada!!!

 

 El sol había dejado de iluminar ya los picos y la tormenta bajaba lentamente... las ráfagas de viento empezaban a resultar preocupantes, cuando algunos miembros propusieron bajar y salir del infierno. Una vez más, el Boss serenó los ánimos, ya no podemos bajar, hay que llegar arriba y se puso a la cabeza para abrir huella, el Peni le siguió apretando los dientes, me cago en la leche, el silencioso Toni les relevó a los cuatro pasos, Lolo también quiso ayudar con su armario, hasta que Emilio superó el último metro, saliendo limpiamente a la basta planicie kárstica del Mirador de Pineta, donde fue recibido por rachas de aire a una velocidad superior a los 100 Kms/hora y por las primeras sombras de la noche.

 

 

 Al abrigo de unas piedras se reunieron Emilio, Pedro y Luis. Aquí no podemos dormir, intentar un vivac sería un suicidio, hay que encontrar el refugio Tucarroya, pero cómo, a oscuras? con esta ventisca? Es imposible! Pues no hay otro remedio. Cuando llegaron al lugar de la reunión los otros cuatro miembros de la expedición, Pedro y Luis ya habían abierto la marcha hacia lo desconocido. Y no cansaré vuestra atención con detalles pequeños, pero tenéis que saber que atravesar la planicie del Mirador de Pineta y encontrar el Tucarroya en las condiciones en las que lo hicieron nuestros dos amigos sólo sale bien una vez de cada ciento. Pero eso son conjeturas de mal agüero. Nuestros héroes entraron en el refugio y comieron espaguetis hasta reventar para desquitarse de la larga y fatigosa marcha de 12 horas que habían soportado sin una sola parada para descansar. Y comieron queso y otros alimentos. Y bebieron agua y té y café con leche y con chocolate muy caliente. Y durmieron en sus sacos de dormir, estirados en las colchonetas del Tucarroya hasta bien entrada la mañana del sábado.

 

 

 

 El refugio de Tucarroya ha sido remodelado recientemente por el Club Alpino de Lourdes. Es todo un regalo en la misma línea de la frontera francesa, aunque en invierno no es muy visitado porque su situación no resulta demasiado afortunada. Los que suben desde los valles de Aragón duermen a la intemperie o montan tiendas y eso sin contar que al Mirador de Pineta, en invierno, sólo suben cuatro alpinistas y dos cabras despistadas. Los protagonistas de este relato encontraron el refugio con nieve en el suelo y hielo en las paredes y techo. La temperatura interior era de –4º, pero se podía cocinar, dormir, explicar chistes y hasta olvidarse de la tormenta exterior que amenazaba con arrancar toda la construcción y dejarla caer precipicio abajo como una bola de nieve o hacerla volar como una hoja de papel.

Hoy día el Tucarroya ya no es la chabola destartalada que fue, está equipado con una emisora de radio, una estufa de leña, una docena de colchonetas con otras tantas mantas, mesas y bancos de madera de pino también para doce personas, dos sierras para cortar leña y dos palas para retirar la nieve o para lo que se tercie.

 

 Sólo para que nadie piense que quiero esconder la verdad o que hago remilgos a la historia real, os relataré, con dos pinceladas, que el domingo no salió el sol, el único que salió fue Emilio y volvió a entrar al refugio echando leches porque la ventisca era tan fuerte que no sólo impedía ver a un metro de distancia, sino que amenazaba con poner alas y hacer volar a todo aquel que se atreviera a exponerse a su furia. La nieve y el viento estuvieron todo el día golpeando rabiosamente la puerta de nuestra guarida, como el lobo que quiere comerse los cerditos y que nadie se ofenda por la figura literaria. Los excursionistas se preocuparon un poco, lo justo para demostrar su punto de responsabilidad, hasta pensaron pedir auxilio por la emisora, pero la verdad es que tenían comida para pasar una semana y estaban seguros de que la tormenta no duraría tanto; por suerte también tenían gas para derretir nieve y obtener agua. El único problema era el frío, porque todos los intentos de encender la estufa resultaron baldíos, así que después de desayunar calentaron una sopa de esas que sólo se aguantan en circunstancias desesperadas, se tomaron también un té ardiendo y se metieron en los sacos hasta la hora de cenar. La mitad de la tarde la pasaron durmiendo y la otra mitad escuchando las ocurrencias de Lolo, quien propuso recordar este día encerrándose todos los años en una cámara frigorífica con los sacos de dormir, los frontales y una pala.

 

 El lunes, a las 6 de la mañana, una actividad febril invadió el refugio. Mientras las cuatro cocinillas preparaban el desayuno y el agua para las cantimploras, unos guardaban los sacos y recogían las mochilas y otros empezaban a prepararse para lo que intuían sería un duro descenso. El Peni quiere ponerse los tres pantalones que se ha subido, Alfonso y Lolo quieren tirar las mochilas pendiente abajo, Quique no consigue cerrar las cremalleras de los paranieves, Emilio pide coordinación, Toni recoge las mesas y los bancos para los próximos inquilinos del refugio, Luis escribe en el libro de piadas cuatro líneas de agradecimiento.

 

 Cuando salieron, por fin, del Tucarroya encontraron la noche oscura, vientos racheados que les obligaban a tirarse a tierra y una tormenta de agua nieve que les mojó hasta la ropa interior, pero consiguieron orientarse en medio del lago helado y llegar a la primera pala justo cuando amanecía el día 27 de enero, aunque no verían el sol hasta entrar en l’Ainsa.

 

 De la bajada, para no cansaros, pacientes amigos, sólo os comentaré que a Lolo se le rompió la suela de una bota que pudo sujetarse con el crampón y bajar jodido, pero contento y Sito, por aquello de la Ley de Compensaciones, rompió un crampón, por lo que bajó tan jodido como su cuñado y prometiendo que nunca más le pillarían en otra, aunque se tranquilizó un poco cuando Toni puntuó la dificultad de esta salida con un 11 en la escala del 0 al 10.

 

 Y qué más queréis saber? Que los siete alpinistas se abrazaron emocionados al llegar al primer puente de fabricación humana que cruza el río Cinca; que se dejaron caer en la nieve, felices y satisfechos, cuando llegaron a la entrada del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Y que se comieron un kilo de chuletas de cordero gracias a los oficios de los buenos amigos de Estadilla, regadas generosamente con el clarete de la Bodega “l’Olibera”.

 

 

 

 Para que se entere todo el mundo, este juglar de pacotilla ha dicho la verdad porque estuvo allí y la próxima vez que se apunte a una expedición quiere volver con Emilio porque es un guía excepcional; con Quique por su seguridad y porque no come gluten; con Toni porque es su cuñado favorito; con Pedro porque es su mejor amigo; con Lolo porque es el compañero más alegre; con Sito porque tiene ideas de bombero. Y todos son gente muy sana, con la cabeza bien amueblada y las condiciones en su sitio.

 

 Ahora sí, disfrutar de las fotografías, que os explicarán las cosas mejor que yo, pues ya sabéis que una imagen vale más que cien palabras.

 

VNG, 14 de febrero de 2003

Felicidades a los enamorados

 

 

(ves pinchando en las imágenes)

FIN

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